Vi todo con la mente de un Extraterrestre.
Santiago Pando director de la campaña publicitaria del presidente de México, Vicente Fox, que habiendo asistido a mis seminarios en Guadalajara había aplicado los principios de Psicomagia a su exitosa campaña.
Si la realidad es como un sueño, debemos actuar en ella sin padecerla, tal como lo hacemos en un sueño lúcido, sabiendo que el mundo es aquello que pensamos que es. Nuestros pensamientos atraen a sus equivalentes. Verdad es lo que es útil, no solo nosotros si no para los demás. Todos los sistemas, necesarios en un momento dado, mas tarde se tornan arbitrarios. Tenemos la libertad de cambiar de sistemas. La sociedad es el resultante de lo que ella cree ser y de lo que nosotros creemos que es. Podemos comenzar a cambiar el mundo cambiando nuestros pensamientos.
La Psicomagia se apoya fundamentalmente en el hecho de que el inconsciente acepta el símbolo y la metáfora, dándoles la misma importancia que a los hechos reales.
Algunos hombres se quejaban de no encontrar una amante. Les recomendé que en una cinta de seda rosada escribieran con tinta indeleble: “Deseo con toda mi alma encontrar una mujer”, que la firmaran con una gota de su propia sangre y luego la amarraran alrededor de su pene y mantenerla ahí un día y una noche.Para aconsejar a los consultantes con neurosis sociales, me inspire en la película El Mago de Oz. Un hombre de acero quiere tener sentimientos, el psicomago le prende en el pecho un reloj en forma de corazón. El hombre de paja quiere ser inteligente, el psicomago le da un diploma universitario. El león cobarde quiere ser valiente, el psicomago le confiere una condecoración. ¡el inconsciente toma los símbolos como realidades!
En el salón de mi casa e preparado una mesa redonda, para cenar con los Dioses y conservar de igual a igual con ellos. A pesar de no ser una deidad, el primero que llego fue Confucio, un imponente y enigmático chino, tranquilo, inmutable. Apenas se sentó, surgió un joven hindú, de piel azul, vestido con telas brillantes y joyas, elegante, poderoso: era Maitreya. Luego, justo frente a mi, se sentó Jesucristo. Un gigante de tres metros de altura, tan potente que comencé a inquietarme. Se delineó detrás de el otro ser, Moisés, mas alto, mas recio de una severidad que verdaderamente me aterro. Sentí que detrás del profeta comenzaba a gestarse la inconmensurable figura de Jehová. El salón se lleno de tan incomprensible energía que llegue al pánico: ¿Cómo yo, débil e ignorante, había osado proponerme conversar de igual a igual con esos dioses? Trate de despertar. Confucio, lentamente se disgrego. Mientras Moisés y Jehová se disolvían en una sombra torva que iba llenando el lugar, preso en el mundo onírico, pedí perdón a Maitreya y Jesucristo, sonrieron, se amalgamaron, se hicieron uno, transformándose en un caballero vestido con traje de calle, tan bueno como un abuelo sabio y, sonriendo, me ofreció una taza de té. El liquido sombrío se hizo luz. Desperté con los cabellos erizados. El encuentro con los arquetipos divinos, si no nos hemos preparado previamente, es muy peligroso. No excluyo de este peligro un paro cardiaco.
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